miércoles, 28 de diciembre de 2011

III

El ángulo invertido 45 grados al sur

de los martirios

marítimos náufragos de luna

tierra

y asfalto

Es ese punto intransferible

El círculo

—Viceo —sonríe calmo.

Intenta romper el hielo

sacude la cabeza

¿qué sustancia?

Lo consigue

Discurrir

Los papeles sueltos que vuelan por el aire

con la leve brisa

con el sueño nocturno

Un vuelo apacible

ruta de caminos

espacios a llenar

Acá va la reserva ecológica

Vuelo apacible

sueño nocturno

El espiral que envuelve al mundo

espacio invisible

temprano clavetear de los trombolines

—¡No te puedo creer!

—Creéme:

Eso de dudar y discurrir

no te da derecho a decidir

porque no es lo mismo que decir

vivir en Pampa y la vía

Los seres humanos podemos hablar

con otros y con nosotros mismos

A la…

¿Capacidad?

…que tenemos de hablar con nosotros mismos

se la conoce con el nombre de “Neurosis”,

Algunos

creen que en esa “capacidad” reside nuestra contradicción como especie,

La función iterativa e inventiva

“la ideación reina en la lengua”

describe cosas vagas:

extremas paredes

demoliéndote

diferentes voces conviven en mi mente

Hay una estación de radio que se llama quebracho robusto

Es la poesía que nos reina

Todos tenemos nuestras propias razones teóricas, nuestras hipótesis, imaginarios, paradigmas (¿podría seguir la lista?)

Sentido común

la relación de equivalencia entre dos planos

la selección y la combinación

(paradigma + sintagma)

¡Jodeme!, ¿qué decís?

Me parece que no te sigo

¿Querés decir que…

Sí, sí,

entendiste bien.

Estás aprobado.

Sos apto para


lunes, 10 de octubre de 2011

IV



Complot es el

sonido repetitivo y monótono

una red de la que no podemos escapar

el sueño se prolonga,

comienza con tenues sonidos que se pegan,

unos tras otros,

trazando tejidos,

de aquí el término “red”

una siembra brava de cosechar

los

tímpanos alertas

recibiendo señales

El trópico

tropo de opio que insiste

en repetir palabras,

que a veces,

solo a veces,

golpean la costa y se encojen de hombros al llegar al muelle

se destiñen,

pero insisten,

se chocan

zumban

titilan

tiritan

tiritas de algodón

revancha

un agujero negro que se… en la llanura

los pétalos de

vaya a saber uno

quiénes.

El ancho martillo la cascada

los truenos trenes que se marchan

y la carpeta azul en minifaldas

un eco de matices

gestos

mañas de un zorro viejo

este repetir eterno de sonidos



“Manzanas agrias”

envueltas en manteles de flores rojas

como una cuchara atravesando la casa

Así te nombra el viento cuando entra

leve

por los pliegues de las sábanas

Generalmente,

los sábados por la mañana

Golpea suave

como gotas de algodón

llovidas del cielo

o el rayo de luz

que encuentra un hueco

en la red impenetrable

(que llamamos persiana)

y te roza la piel

y como un infrarrojo inofensivo e ingenuo

devela la materia flotando

en la penumbra de la habitación

Millones de pelusas bailando libres

pero encerradas,

en una red mayor

(que llamamos oxigeno),

Nuestro ojo sólo ve una pequeña porción del universo que nos rodea

¿Las palabras no tienen esas limitaciones también?

El tiempo no nos revelará nada…

¿No nos dirá nada nuevo?




lunes, 18 de julio de 2011

Teoría Confusional del lenguaje


La Gramática Confusional o Imaginativa es aquella capaz de caracterizar

sistemas múltiples de análisis lingüísticos,

a partir de la recaudación de datos de las teorías más difundidas en este terreno.

La producción de enunciados se origina en el cerebro del hablante,

pero sin el intercambio (comunicacional

o de otro tipo)

con otros hablantes,

no podría hablarse de Lenguaje,

sino que quizás,

deberíamos hablar de un estado de pura Razón o Ignorancia.

En este sentido,

decimos que esta teoría es integradora,

porque atenderá tanto a las necesidades internas como externas de los sujetos.

Las teorías anteriores mencionan estas dos posturas como dos cosas separadas,

pero en realidad,

nosotros

(¿quiénes?),

decimos que se trata de dos etapas de un mismo proceso:

el Lenguaje.

En relación al proceso de las necesidades internas, diremos que:

a) Las formas de los sistemas múltiples entran en una búsqueda,

una especie de buceada cerebral

—intensificada por las ramificaciones nerviosas que

rápidamente

seleccionan grupos de tareas neuronales:

una neurona líder le ordena a las demás de su grupo

que seleccionen el modo α para iniciar el proceso—

que con ayuda de los generadores oracionales,

reutiliza los desechos de otras actuaciones lingüísticas

para configurar enunciados. Como podemos observar en el diagrama 1:




a.1) Los desechos se almacenan a medida que se generan Actuaciones Sociales (AS);

entendemos por AS todos los intercambios,

lingüísticos y no lingüísticos (por lo general,

imágenes sensoriales:

auditivas, visuales, gustativas, táctiles, olfativas;

recuerdos;

imaginación;

saberes,

sueños;

represiones;

sexualidad;

etc.),

(y otros elementos pansemióticos)

que realizan los usuarios de la lengua, consigo mismos y, sobre todo, entre sí.

Este proceso se desarrolla a lo largo de la vida, por eso lo consideramos siempre activo y nunca acabado.

En cambio,

en relación al proceso de las necesidades externas,

diremos que:

a) La cordura la RAE (on line) la define como: “f. Prudencia, buen seso, juicio” pasa por un inmenso terreno que es el sueño.

Por sueños entendemos los estados, reales o ficticios,

más o menos verosímiles.

Es decir (esta es una frase genial, porque el decir “es, existe”),

las millones de representaciones que los hablantes,

usuarios de la lengua,

se han hecho al respecto del significado,

¿Qué es la cultura sino un sinfín de material “mitológico”?

héroes y villanos, villanos y héroes.

La lucha por el significado es parte de la lucha de clases:

el que tiene la palabra no la quiere ceder nunca,

porque,

como decíamos,

imponer significados es parte de las sociedades humanas:

1) —Dejame hablar a mí ahora, vos ya hablaste bastante…

—Nooo, vos tenés que escuchar primero,

ya vas a tener tu turno…


Los pasos del animal, literalmente, relucen cuando

el silencio es fuerte,

los sobreentendidos

(¿Es todo un mal entendido?)

hacen el papel de reguladores:

Emocionales Espirituales Concretos:

físicos,

aparatos capaces de lograr cierta Unidad

1) “Qué bueno es planear, qué bueno es planear.

Te conseguiré mil voces que te harán levitar…

Salvajes

de traje

me quieren educar[1]…”

¿de razonamiento?,

¿…?

La discusión por el lenguaje ha sido,

es absurda,

es pura fabulación que,

generalmente, cae con todo su peso a favor de los que creen que debería ser “ciencia”, aunque a los que creen que debería ser arte no les va tan mal (aquí proponemos unas subdivisiones en esta categoría (valida también para la anterior):

Los que ganan y los que pierden;

los que actúan desde las sombras,

los millones de intercambios lingüísticos

diferentes

que se producen en el cotidiano:

“Lo invitamos a que usted haga la cuenta de los que mantiene en un día de su vida, y comprobará que son muchos y de distinta índole (internas/externas)”.

Todos nos disputamos el poder

EL PODER DE LA VERDAD

Es invocado una y otra vez,

Está el poder de la musa,

el del dios,

el del autor,

del escritor,

del narrador,

del y/o etcéteras.

¡no se queda atrás!

Millones de posibilidades que nunca parecen agotarse

Entonces llega el momento en que una verdad quiere imponerse como “ÚNICA” sobre las demás,

es así que surgen

persecuciones torturas muertes

muchas veces explicadas, también y altamente explotadas por los relativos vencedores,

porque, los Imperios

—delasideas+laspalabras+lasactuacionessociales+X+= un combo explosivo—,

siempre tienen sus días contados.

bah, maso. Por lo general suelen durar muchooooooooo,

justamente,

¿por eso se los llama Imperios?

A estas largas disertaciones (¡hay que ver la larga lista de sinónimos que nos da la real academy del microsoft word!) se las ha llamado de diferentes formas a través del tiempo

(preferimos tiempo y no historia,

porque ya se ha declarado la muerte de la “Historia”

otro paradigma universo para:

pensar+imaginar+idear+desarrollarestrategias

+llamar+nombrar+bautizar+designar+mencioar+susurrar+gritar

+discutirconotrosparaponersedeacuerdo+pelear+querersometer+destruir

es decir: ideas+palabras+actuacionessociales+X+= un combo explosivo.

que tuvo su momento de esplendor,

aproximadamente,

en el siglo XIX).

En la actualidad se llama Giro lingüístico, en lugar de Historia.

—Ya me estoy cansando. Esto no tiene fin.

—¡Estás en lo cierto!

¿Qué quiere decir “cierto”?:

¿Qué vos tenés razón?

¿qué es verdad lo que decís?

¿qué es incuestionable?

Así hasta el infinito,

este tipo de ejemplos se puede repetir millones de veces por segundo en todo el mundo: en diferentes lenguas,

con un montón de signos lingüísticos diferentes para decir las cosas.

¡Uf, complejo…!

A continuación presentamos algunos ejemplos de categorías gramaticales analizadas desde nuestra teoría:



[1] Babasónicos. Trance Zomba, “12. Posesión del tercer tipo”. Sony Music.1994.

jueves, 28 de abril de 2011

Cotidiano

¿Quién lo iba a decir? Hasta ese día de otoño, Roberto, un simple canillita, no sabía nada sobre el acontecimiento que estaba por suceder, eso de que los canillitas suelen saberlo todo, parece ser una mentira más grande que una casa. Hacía unos días que le llamaba poderosamente la atención un tipo que se acercaba a comprarle el diario, y luego se quedaba un rato en la esquina de la plaza. Pero, aquella mañana, Roberto lo olvidó rápido, porque estaba entretenido mirando a un loquito que, cuando cortaba el semáforo, se acostaba en medio de la calle, desafiando a los automovilistas y choferes. Cuando el semáforo cambiaba de luz se levantaba, como si nada, y ya en la vereda, esperaba nuevamente la aparición de la luz roja. “¡Qué loco hijo de puta!” pensaba Roberto desde la parada de diarios donde trabaja. Mientras estaba pensando, se acercó un hombre de traje, con apariencia de abogado u oficinista y le dijo «Ojalá lo pasen por arriba a ese negro de mierda. Estas cosas pasan porque el Gobierno no les da pelota a estos vagos, deberían mandarlos a laburar. Le apuesto mi sueldo a que si me acerco con una pala y le propongo hacer un pozo en medio de la plaza, para remover aquel mausoleo horrible, me saca corriendo». Roberto lo miró a la cara y pensó “Claro, de guita ni le hablás”, mientras lo miraba y pensaba, notó un resto de polvo blanco entre la nariz y el labio superior, entonces le hizo una seña para que se limpiara, pero como el otro no se dio por aludido, le dijo «¿Algo más?», al mismo tiempo que metía un periódico en una bolsa de plástico, cuyo titular rezaba: “La inseguridad crece proporcionalmente con el desempleo”, en un recuadro más pequeño se leía: “Un 20% de los empleados de oficina en la Ciudad de Buenos Aires consumen algún tipo de estupefacientes”. El tipo, como el otro no le había dado cabida, no dijo nada más; agarró la bolsa, inseguro, con la mano derecha, porque en la izquierda llevaba otra, con un paquete de facturas de dulce de leche y crema —además de un vaso de café de mac donal’s y un atado de cigarrillos— que le tiraba el cuerpo para un costado, «¡Como el jorobado de París, ja!», pensó Roberto y le hizo mucha gracia (rememoró la comedia musical de Cibrián-Mahaler, cómo habían empapelado Buenos Aires por algunos meses, que además, él había comparado la estética de los afiches con las fotos que salían en las revistas más taquilleras); finalmente, el jorobado de notre-dame se estabilizó —pero no del todo— con el peso del diario y una de “esas taquilleras” que le encargaba su jefa, y cruzó la calle en dirección al edifico que estaba en frente, «Empresa Multinacional», decía el cartel confeccionado con luces de neón rojas, azules y amarillas, que estaba en la puerta. Vio cómo subía los primeros escalones hasta el hall y se perdía rápidamente en el ascensor. El resto de la mañana se distrajo mirando culos y tetas, por suerte, la avenida hierve de mujeres y en la plaza están las chicas, a las que Roberto, cada tanto, contrata para sentir compañía. Roberto es soltero, vive con su papá a tres cuadras de la parada, es del barrio; conoce la zona y a su gente.

Cerca del mediodía, levantó los ojos y el canillita comía sentado en el puesto de diarios y revistas, “Está ahí desde las cuatro de…” pensó Román, pero no pudo terminar la frase, porque se dio cuenta de que él había llegado una hora después, y continuaba parado en la esquina, leyendo el diario que le había comprado. Por suerte el clima, aunque ya era otoño, seguía siendo amable, el calorcito porteño cada vez tarda más en ceder. Cruzó la calle y se sentó en la plaza. Sacó una libreta y anotó un par de cosas: “En realidad Roberto no es soltero. Roberto es separado. La mujer le blanqueó que tenía un amante y lo echó de la casa. Desde entonces vive con su papá. La parada es una herencia familiar. La había fundado su abuelo en los años veinte”. Román, por aquel entonces, escribía un texto de ficción (un cuento largo o una novela) sobre un canillita. Cuando le leyó un capítulo a un editor, éste le contó la historia de Roberto, el diariero del barrio y desde entonces, Román va todos los días a observarlo, pero nunca había llegado tan temprano. Lo distrajo la música que emanaba del estéreo de un taxi a todo lo que daba: “Se viene el estallido, oh, oh, oh…”. Levantó un segundo la cabeza del papel y se volvió a zambullir de lleno en la historia. Creo que anotó la escena del taxi. Mientras tanto, en el puesto de diarios, Roberto escribía un poema, al mismo tiempo que devoraba un pancho con mostaza y papas fritas a caballo. Los poemas de Roberto eran lamentos de un amor pasado, desahuciado:

“¿Por qué te has ido, Amor?

¿No es el Amor suficiente prueba del Amor?

Es verdad, el Amor,

además de amar,

golpea,

y ¿es su golpe mi condena;

las lágrimas que chorrean

por mi rostro añejo

cuando me observo,

detenido,

en el espejo del tiempo?”

La mujer lo abandonó porque lo descubrió una tarde con otra mujer. Había llegado de sorpresa al puesto de diarios, un rato antes de que Roberto cerrara, para volver juntos a su casa. Cuando la vio, Roberto se puso de todos colores, muy incomodo. Su esposa se acercó a saludarlo y descubrió a una mujer de rodillas adentro del puesto; entonces gritó y puteó enloquecida, le dijo que ella también tenía un amante y que no se le ocurriera volver a la casa. Una semana después, un flete de mudanzas dejó todas sus cosas en la casa de su padre, nunca más supo de ella, pero, aún hoy, pasa muchas horas escribiéndole poemas. “¿A ella, a su fantasma o a su ego?” escribió Román en la libreta rayada de tapa blanda.

No siempre come panchos, a Roberto le gustan los tostados de jamón y queso en pan de pita que a antes le preparaba su padre, por las mañanas, como si lo despidiera para ir a la escuela. Hasta que un día le dijo «Roberto, ¿por qué no te buscás otra mina?, es hora de olvidar a Clarisa, ¿no te parece? Dejala ir, por favor, hacelo por tu bien». Su padre creía que la poesía era un mal de amores, un hechizo que lanza el Amor contra los rechazados, los perdedores; pero él sabía que a su hijo la mujer lo había dejado porque lo encontró con otra y que entonces ella había aprovechado la oportunidad para sacárselo de encima. Desde aquel día no le preparó más los tostados, pero hasta el día de hoy, Roberto los extraña.

De a ratos, Román volvía a abandonar la escritura-lectura para mirar la plaza, a las palomas que llenaban todo de mierda, a los vendedores, a los motoqueros que estaban fumando un porro y tomando una cerveza, a los religiosos, a todos. La plaza estaba siempre sitiada. Desde su ubicación veía con bastante claridad, la calle cortada y parte del Santuario.

“Amor dulce y cruel,

como rosa y espinas,

como vivir sin ti,

como saber que estás en otros brazos,

como una gris tarde de otoño,

y yo aquí…,

atormentándome”.

Cerró el cuaderno sin darse cuenta de que una gota de mostaza se le había caído sobre la hoja, sucedió cuando se acercó una clienta con un escote pronunciado a preguntarle si ya había recibido la revista Caras; Roberto dejó, desesperado, el pancho sobre el cuaderno y se paró de un salto para atenderla . «No, esa sale mañana, cuando llegue, a primera hora, te separo una y te la guardo», le contestó, sin sacarle los ojos de las tetas.

“El fantasma de Clarice lo persigue por la habitación oscura, ahora lo ha acorralado contra la pared que linda con el baño y lo atormenta con su cara de Ángel. Ha venido por su alma y él lo sabe…”.

Roberto se levantó para subir el volumen de la radio, estaban pasando un tema que le gustaba mucho por aquel entonces “Se viene el estallido, oh, oh, oh…”. Entonces sucedió, el cielo se vistió de negro, se oscureció completamente; de pronto, se desató una feroz tormenta eléctrica; el viento era rápido y fuerte, se llevaba todo lo que tenía a su paso. ¡Pero lo peor aún no había pasado! Un rayo impactó de lleno sobre la terraza del edificio de la “Empresa Multinacional”. Unos tachos de pintura que habían dejado olvidados en la terraza se encargaron del resto. Cuando el calor saturó la loza, los vidrios de las ventanas estallaron y el fuego comenzó a escapar por las aberturas despojadas de cristales. Por suerte todos lograron escapar ilesos o casi. Román se paró instintivamente para protegerse de la explosión, corrió hacia la avenida y vio llegar a los bomberos, a la policía, a Crónica TV…, pero le llamó particularmente la atención un chofer enano que manejaba la autobomba, tenía puestos unos tacos de madera para llegar a los pedales. Cuando el vehículo logró estacionar de costado con una maniobra casi imposible, se abrió la puerta y Román vio perfectamente que el enano se sacaba los tacos. Después no recuerda muy bien qué fue lo que pasó.

Roberto, que ya había cerrado el puesto y se iba para su casa, pasó junto a él y atinó a decirle algo, pero sólo movió la boca con un gesto idiota. “Qué tragedia, ¿no?”, pensó en decirle primero y después “¿Qué hace usted todos los días en la esquina o en la plaza? ¿Por qué hoy llegó más temprano que de costumbre?” —Él, sin saberlo, había leído un cuento de Román en una revista, y le había parecido una porquería—. Pero se arrepintió rápidamente, quería apurarse para llegar a comprar un sándwich de tomate, queso y pepinillos que preparaban en una casa de comida judía, a veces tenían un falafel que era la gloria. Roberto se alejó, se fue haciendo pequeño ante los ojos de Román, que, en ese momento, atendía su teléfono celular. Era el editor con el que se debería haber reunido en la esquina de la plaza al mediodía, lo llamaba para decirle que no había llegado, que lo disculpara, pero que después lo volvía a llamar para encontrarse otro día. La lluvia caía torrencialmente sobre Román, sobre la plaza, sobre las personas que se encontraban en ella, y también sobre el edifico en llamas que poco a poco comenzaban a ceder. Román había olvidado el horario de la cita, así que para no llamarlo —según él, para no quedar mal—, ese día había llegado a las cinco de la mañana.




viernes, 25 de marzo de 2011

Anagnórisis

“¿Quién soy?” había dejado de ser una pregunta que me inquietara; porque, ya por aquel entonces, eso no tenía ninguna importancia. Es decir, este relato va a hablar de otra cosa y no de esta pregunta existencial. ¿O acaso ustedes saben quiénes son? ¿Se lo preguntaron alguna vez? Yo soy Raúl Bermúdez, eso es una obviedad, lo autentifica mi documento.

“¿Qué sos, vos, Bermúdez?”, me dijo la de Historia en tercer año. Creo que esa fue la primera vez que alguien se animó a decírmelo de frente, sin ningún tipo de rodeos ni tapujos. Yo notaba que en todas las clases me miraba con desprecio. Nunca se dirigía a mí, sólo me nombraba para darme los trabajos y los exámenes, que por supuesto —para ella, claro— estaban siempre mal, siempre me aplazaba. Pero ese día no se aguantó más y me lo preguntó así, frente a todos mis compañeros.

Desde entonces, “¿Qué carajo sos?” era lo que veía en el rostro de todos los que se detenían a mirarme: en la calle, en el subte, en la escuela, en la verdulería, en una plaza, en el tren, en la panadería, en el club, en… La situación me comenzó a incomodar y tuve miedo, sobre todo cuando me miraba al espejo y veía, efectivamente, a otro, distinto. En esos momentos me daba cuenta de que no eran sólo fantasías adolescentes, sino que yo en realidad era extraño.

Por suerte a algunas personas yo no les caía mal. No era un friki anti social, para nada. Podía hablar con la gente y comunicarme lo más bien. Pero la mirada de algunas personas me causaba miedo. Hasta que un día, iba en el colectivo, creo que estaba yendo a Cemento a ver a Los Brujos, y una vieja no me sacaba los ojos de encima, ¡una cara de chusma tenía la muy zorra! Me acuerdo que le clavé la mirada con intensidad, y noté que se atemorizó mucho, quedó paralizada pero, de todas formas, no me sacaba los ojos de encima. Mientras me bajaba del bondi en Constitución, le grité “¿Qué mirás, vieja chota?” Pero antes de bajarme, me acerqué a ella y pegó un saltó en el asiento; noté que le corría un sudor frío por su cuello muy arrugado y colgante. Simplemente, se quedó helada, sobre todo cuando le acerqué la cara lo más cerca que pude y le dije “¿le pasa algo, señora?” Después, todo se fue de cauce, se hizo confuso, y ahí fue cuando le grite “vieja chota” y me bajé del colectivo como si nada. Ninguno de los pasajeros me dijo una palabra, todos cerraron la boca. Yo me bajé tranquilo del bondi y caminé en dirección a Estados Unidos.

Antes de llegar, en el kiosco que estaba a la vuelta, me lo encontré a Charly, un loco que conocía de los recitales. “¿Qué hacés, chabón?” me dijo y yo me acerqué y nos pusimos a charlar. Charlamos un poco de todo, de música, de películas, de libros. Al toque compramos una cerveza y un pancho. “Mirá lo que estoy leyendo” me dijo, Charly, y me extendió un librito. Lo agarré, abrí la primera página y leí en silencio, mientras Charly empinaba la botella.

“Cuando una mañana se despertó, Gregorio Samsa, después de un sueño agitado, se encontró en su cama transformado en un espantoso insecto…”.

“No lo conozco, ¿está bueno?” le pregunté y él me dijo que sí, que estaba muy bueno. Bah, en realidad me había dicho “Es reflashero”. Recuerdo que memoricé el nombre del libro, porque el del autor era medio raro, y dos días después, lo conseguí en una librería de usados, a buen precio y estado. Lo devoré en un par de horas, me tiré en una plaza que había cerca de mi casa y me lo leí todo de un tirón. Con el tiempo pensé que había sido una indirecta de mi amigo, ¡justo recomendarme ese libro a mí!, no me sonaba a coincidencia, pero luego recapacité y me dije que seguramente lo había hecho sin mala intención.

Claro que mi caso era diferente al de Gregorio. Porque yo “Nací así”. Esa fue la respuesta que le di a la de Historia con los ojos inyectados de sangre en aquella oportunidad y desde ese día, fue la respuesta que les daba a todas las personas que me lo preguntaban. Simplemente, “Nací así”, les decía encogiéndome de hombros y cambiaba rápidamente de tema.

Ustedes deben estar preguntándose ¿qué pasaba con mi familia, si tengo una? o ¿por qué —en caso de tener padres— no les preguntaba a ellos sobre mi origen? Desde muy chico comencé a dudar sobre mi identidad. Había algo que me decía que no era hijo de mis padres, con sólo mirarlos a ellos y a mí juntos, cualquiera se daba cuenta. Pero bueno, me llevó un tiempo poder ponerlo en palabras, porque si algo había heredado o, en este caso, aprendido de esas personas que me criaban, era cierta facilidad para la negación. Sí, la negación. Ellos evitaban siempre el tema, me decían “¿Vos estás loco, Raúl?, sos nuestro hijo a pesar de lo que diga la gente”.

Todo esto me siguió pasando hasta que un día fuimos con Charly a ver a una banda que se llamaba Los Cometas. Hacían una música medio espacial, recolgada. Cuando terminó el recital, se acercó el guitarrista, me preguntó cómo me llamaba y me dijo si no quería salir en el próximo video. Le dije que sí, que no tenía ningún problema. Le pregunté cómo se llamaba el tema y me dijo “El renacuajo del espacio está sediento”. En un principio lo miré medio mal; “¿Por quién me está tomando, por un fenómeno?”, pensé, pero después le dije que sí, que no tenía ningún problema.

A la semana me llaman por teléfono, era el manager de Los Cometas. “Hola, ¿Raúl?, ¿cómo estás? Soy Guido, el manager de Los Cometas”. Tres días después de la conversación telefónica, estaba en la sala de ensayo para ultimar detalles. Llegué temprano para poder ver el ensayo, nunca antes había visto uno. Cuando terminaron de ensayar, cayó el director del video con dos minitas que iban a ser mis compañeras protagónicas y atrás de ellos, el manager venía corriendo y gritaba sacudiendo un papelito con la mano derecha en alto “¡Lo conseguí, tengo el permiso para usar el Planetario!”. Tomamos algo y hablamos sobre el video. Jhony, el cantante, me dijo sonriendo “Raúl, qué bueno que viniste, si no iba a tener que ponerme esta porquería en la cabeza” y sacó de la funda de su guitarra una máscara del extraterrestre del caso Roswell.

El video, no hace falta que lo cuente, todos, seguramente, lo vieron por la televisión o en Internet, ¡ya es un clásico de los videos rockeros! Ese trabajo me llevó a la fama.

A la semana de haberse estrenado en MTV, llovieron los llamados laborales, las propuestas de trabajo eran de lo más insólito: desde hacer publicidades de insecticidas hasta ir a fiestas privadas como sorpresa para los agasajados. Recuerdo muy bien una de esas fiestas, el tipo era un fanático de las películas de Steven Spielberg, toda su vida había soñado con tener un encuentro cercano del tercer tipo. En aquella oportunidad me di cuenta de por qué no me gustaban sus películas. Por ejemplo, nunca había visto E.T., el muñeco me parecía un sacacorchos, algo muy desagradable.

Guido dejó de ser el manager de Los Cometas y se convirtió en mi representante. De un día para otro tenía mi propio merchandising: muñequitos, figuritas, ¡mi cara estaba en todas las remeras! Cuando mi fama era un hecho, una mañana me llama un colaborador de Fabio Zerpa, el reconocido parapsicólogo quería realizarme una serie de estudios que permitirían —según él— esclarecer mi origen alienígena, o al menos saber si yo poseía ADN humano. Le dije que no, que gracias, pero no. Yo ya sabía muy bien lo que era, era una Estrella.

Luego llegó Hollywood y los Oscar y todo lo que ustedes ya saben.


lunes, 14 de marzo de 2011

Las vacaciones de la Yoli

Tu sueño recurrente, Yoli, era claro. Manolo te nombraba reina de las manzaneras. El viejo organizaba una ceremonia especial para agasajarte. Él tenía un cetro de madera en la mano, parecido a un ancho de bastos con incrustaciones de piedras preciosas en la punta. Vos, te arrodillabas y él te tocaba, primero un hombro, después el otro y por último te daba un mazazo en la cabeza y con voz carrasposa te decía: “¿Qué querés, querés fama? Volvé a la villa negra hija de puta”; vos llorabas y te agarrabas la cabeza con vehemencia; gritabas al ver la sangre que te chorreaba por el rostro…

Ahí te despertabas toda sudada y te decías a vos misma: “Sólo fue un sueño, Yoli, solo eso. No te preocupes, algún día…”.

—Che, levantate que ya llegó la leche —te gritó, aquella mañana, el Chinchín del otro lado de la cortina que hacía las veces de puerta y separaba la habitación del sum (living-cocina-comedor-sala de reuniones).

Con dificultad fuiste hasta la cómoda, donde tenías una palangana llena de agua con restos de jabón y un espejo grande para mirarte. Te viste unas ojeras profundas, surcos te recorrían el rostro asemejándolo a un mapa, con restos de maquillaje del día anterior pintando valles, desiertos, ríos, lagos, toda una geografía compleja.

Recién ahí, te diste cuenta de lo extraño que te había perecido escuchar la voz de tu compañero, levantado tan temprano. “¿Qué hora es?” te preguntaste. Yoli, estabas toda despeinada y con el maquillaje corrido por la cara como un payaso. Lo que pasó fue que llegaste muerta a la madrugada y no tuviste tiempo de limpiarte la cara, había terminado tarde la reunión en el Consejo y fue muy difícil atravesar la custodia y llegar hasta la Chiche para entregarle, entre otras, la cartita de la Bety, que vos misma habías escrito —porque la Bety no sabe leer ni escribir— con una prosa improvisada y plebeya; la letra toda chueca como tus dientes, se desparramaba por los renglones de la hoja que le habías arrancado al cuaderno Rivadavia del Bebu. “Pobre Bety, tiene diez pibes pa’ alimentar, y encima, el más chiquito le nació enfermito”, pensaste, mientras te lavabas la cara, te cepillabas los dientes y hacías gárgaras con el agua que tenías en una botellita de plástico.

Mientras te peinabas te observabas detenidamente las raíces de los cabellos, que crecían oscuras en tu cuero cabelludo. “Tengo que volver a teñirme”. En ese momento, miraste de reojo la foto de “esa mujer” a un costado. Con el cepillo en la mano, le prendiste una velita a ella y a San Cayetano como todos los días, e intentaste imitar lo que hacía aquella mujer en la foto. Era una de sus más famosas, se la podía ver joven y linda, muy linda, con sus cabellos rubios, ondulados; se estaba cepillando el cabello como vos, Yoli. La foto irradia amor, una nostálgica inocencia en esos ojitos soñadores. “Qué mujer”, pensaste todo el tiempo que te llevó suspirar, unos segundos y nada más. “Tengo que estar radiante”, te dijiste luego. “¡Como la Su! Porque, en Chingolo, yo soy más famosa que Susana Giménez”. Te reíste sola y cruzaste de un salto la cortina.

—Che, Yoli, de nuevo mandaron unas medialunas más duras que una roca. ¿Qué se piensan, que somos animales? —te gritaba de nuevo el Chinchín.

—No me grités que estoy a tu lado —le contestaste, un poco ofuscada. No sabías si era por las medialunas duras o porque el Chinchín te estaba gritando, o por las dos cosas—. ¿Qué raro, vos, levantado tan temprano? ¡Va a llover, cagamos!

—Bueno, che no es pa’ tanto. ¿Qué tiene de malo? Al que madruga dios lo ayuda, ¿no?

Afuera, empezaron a ladrar tus perros y los de los vecinos. "Llegó la Bety", dijo el Chinchín. Golpeó despacito y entró encorvada, como si fuera muy alta y tuviera que agacharse para entrar, pero no es así, esa es su postura natural; algunos dicen que quedó así porque cargó a muchos pibes en brazos, a veces cargaba a dos o a tres a la vez. Como todas las mañanas, venía a ayudarte a preparar el matecocido con leche para los chicos del barrio. Detrás de ella avanzaba una chorrera de niños de todas las edades y tamaños, sus hijos.

—¡Buen día!, ¿se puede pasar? —dijo, pero ya había entrado. Estaba más inquieta que otras veces, le brillaban los ojitos, se moría de ganas de preguntarte, pero no se animaba a decirte nada sobre la carta.

—Pasá, Bety —le dijiste—. Tengo buenas noticias, ya le entregué tu carta a la señora; bah, se la dejé a su Secretario Privado que es lo mismo.

—¿Creés que la va a leer? Porque, viste cómo son acá, la Isabel me decía ayer que no me iban a dar pelota. Que se limpian el culo con los reclamos de la gente.

—Quedate tranqui, Bety, hay que tener paciencia en la vida —le dijiste a la Bety, chupando un mate, con el pucho y el encendedor en la otra mano—. Seguro que hoy por la mañana ya la tiene en su despacho y la está leyendo con mucha atención.

Luego, hicieron silencio y la Bety, con mucha humildad, puso una olla gigantesca llena de agua sobre la hornalla. Los chicos se sentaron en una mesa larga que había en medio del comedor. Todos tenían caras de dormidos, a uno de los más chiquitos le chorreaban los mocos y cada tanto se pasaba la manga de la camisa por la nariz, para limpiarse. Vos te acercaste despacito, sacaste un pañuelo descartable de tu bolsillo y le limpiaste los mocos al hijo de la Bety.

Una semana después, la Bety todavía no había recibido respuestas, pero a vos te citó Manolo en su despacho. Estabas asustada. “¿Qué querrá pedirme este viejo a mí?”, le dijiste al Chinchín en la cama, pero él no te contestó, ya estaba roncando, se había tomado dos botellas de vino con la cena.

Al otro día, llegaste temprano y te hicieron pasar al hall de entrada. Te habías pintarrajeado toda y te calzaste la mejor pilcha que tenías. Al final el viejo no te pudo atender: “Compromisos contraídos con anterioridad…”, te dijo una mujer que salió de una oficina, pero su Secretario te hizo pasar a un cuarto y te dijo que te habías ganado un premio, por tu trabajo en la villa y por la gente que llevabas a los actos: “¡La última vez trajiste dos micros repletos!”, y vos asentiste con la cabeza. El tipo sacó unos bauchers del bolsillo, estaban atados con una cintita celeste y blanca: “Son para el Complejo de Chapadmalal, está todo pago para dos personas”.

—Gracias —le dijiste y agregaste—, decile a Manolo que yo no vivo sólo de regalos, ¿qué pasó con el puesto que le pedí hace un mes?—y luego te salieron unas palabras que no eran tuyas—: “Porque tal vez mi más profundo sentimiento es el de la indignación ante la injusticia, yo he conseguido hacer mi trabajo de ayuda social sin caer en lo sentimental ni dejarme llevar por la sensiblería…que nadie se sienta menos de lo que es, recibiendo la ayuda que le presto. Que todos se vayan contentos sin tener que humillarse dándome las gracias…”.

El Secretario te miró desorientado, con cara rara. Al principio pensaste que el sol que entraba por la ventana de su oficina le estaba haciendo daño a los ojos, porque se los refregaba con fuerza y repetía a los gritos, como si hubiera visto a un fantasma:

—No puede ser, vos no sos ella, vos no sos…

Te diste media vuelta, lo dejaste hablando solo y te fuiste a la Estación a ver vidrieras. Después de caminar un rato, te compraste una bikini fucsia, “¡preciosa!”, que vendían a buen precio.

martes, 25 de enero de 2011

Independencia acústica

El concierto terminó a las 23 horas. ¡Fue todo un éxito! Después de beber unas copas con sus compañeros de la orquesta, Ruperto se fue a dormir. La noche todavía era joven, pero casi todos estaban cansados. Saludó a los últimos rezagados del grupo y salió caminando por la calle del puerto. Al cerrar la puerta del bar, se dio cuenta de que estaba un poco ebrio, no midió sus fuerzas y empujó la puerta con cierta vehemencia.

Los ensayos semanales habían sido agotadores. Fue difícil ponerse de acuerdo con los agudos violines, porque elevaban las notas a sonidos tan altos que tocaban, por un instante, la puntita de una nube. Él quería sonidos más terrestres, entonces insistía con las teclas más graves; por momentos, lograba una frecuencia de vibraciones tan pequeñas que llegaban a pesar como un yunque.

En el camino, de regreso a la pieza de la pensión donde vivía, sintió una leve molestia en el oído izquierdo, pero no le dio mayor importancia. “Debe ser por la exigencia del concierto”, pensó por un instante fugitivo.Por la mañana, como de costumbre, salió al balcón de su pieza para escuchar a un zorzal que cantaba allí todos los días, posado sobre las ramas de un viejo árbol que había crecido muy alto y, en algún momento, atravesó parte de su balcón, para llegar a rozar, apenas, el cristal de su ventana. Pero, desde hacía un tiempo, Ruperto dormía con la ventana abierta. El calor era agobiante en la ciudad, no corría una gota de aire. El zorzal no cantó esa mañana. Él aprovechó para observar detenidamente la rama del árbol y comprobó sorprendido que se había extendido y llegaba ya hasta la cabecera de su cama. “Qué extraño, —pensó—, si ayer nomás llegaba hasta el vidrio de la ventana”. Era verdad, el calor había comenzado esa última semana, a finales de agosto, y Ruperto no había notado que las ramas del viejo árbol habían crecido a toda prisa.


En menos de lo que canta un gallo, el árbol ya estaba lleno de flores: una especie de calas muy blancas y pequeñas. Tampoco tardó mucho tiempo en llenarse de frutos: unas pelotitas verdes que se pudren colgadas de la rama o se caen y ensucian todo el suelo. A partir de aquel día, comenzó todas las mañanas a juntar pelotitas por toda la habitación, algunas, también, de arriba de su cama.

Una mañana, mientras se daba una ducha, volvió a sentir el dolor en el oído izquierdo. Cuando terminó, se observó al espejo y notó que le salían unas hojitas de adentro. Las retiró con cuidado y una vez más no le dio importancia al asunto.

Luego de la ducha, volvió a su habitación y puso un disco de pasta en la antigua vitrola, que atesoraba desde la muerte de su abuelo. Salió al balcón para absorber, aunque sea poco, el aire de la mañana. La música de la vitrola se hizo imperceptible, estaba ensombrecida por otro canto. El zorzal había vuelto y cantaba más estupendo que antes de la ausencia. De pronto, su oreja izquierda le contestó el canto al ave.


—Ruperto, Ruperto —repetía una voz gravísima cerca de su cabeza— Ruperto, Ruperto…

—¿Quién habla? —dijo Ruperto, un poco mareado.

—Soy yo, tu oreja.

—¿Qué?

Luego una leve molestia, un zumbido. La oreja emprendió vuelo, desplegó sus alas y se refractó en el cielo límpido una mañana a fines de agosto; la seguía el zorzal y la brisa.

Por un tiempo, Ruperto se sintió apenado. Luego comprendió que la pobre necesitaba su independencia. No le guardó más rencores y se olvidó del asunto. Pero antes tuvo que cambiar algunas cosas en su vida, dejó la música y se hizo jardinero.